El camino a Il Pontile termina en el agua. No hay tienda, no hay vidriera, no hay cartel en el portón. Nora Castellini trabaja desde dos habitaciones arriba de un cobertizo de botes, y lo primero que ve un visitante es el embarcadero y la lancha amarrada junto a él.
"La gente piensa que la ubicación es el romanticismo", dice. "La ubicación es el filtro. Cualquiera que maneje hasta acá ya decidió que va en serio."
Hace once años que está en el oficio. El catálogo ronda las cuarenta piezas, lo bastante chico como para que pueda describir cada una de memoria, y vende aproximadamente una por semana. Las dos cifras llevan seis años estables. Ninguna de las dos es casualidad.
Il Pontile es un comerciante ficticio. Este perfil es un texto provisorio, escrito para ocupar el lugar hasta que se publique la próxima entrevista.
Fui a preguntarle por qué nunca creció.
